La meditación es una práctica que incluye un amplio número de técnicas enfocadas en encontrar un estado de relajación y quietud mental que permita la liberación de la consciencia. Se ha practicado durante siglos en las principales religiones y creencias adaptándose a través de distintos rituales en cada caso.

La meditación es un proceso que requiere un entrenamiento, su uso constante favorece a largo plazo la permanencia en el momento presente, el aquí y el ahora; un estado libre de pensamientos y focalizada en la percepción. Por tanto, meditar es aprender a despertar el trasfondo de la consciencia de manera constante, no solo durante momentos puntuales.  Se trata de ejercitarse en acallar el incesante parloteo de la mente y escuchar el silencio, esos espacios que se producen entre pensamientos. Un estado más allá de los pensamientos, sensaciones o sentimientos.

Para alcanzar este estado de paz interior necesitamos armonizar el cuerpo la mente y las emociones. Cuanto más logremos reconciliarlos más consciente se hará el estado de paz, esta armonía interior depende de nuestro contexto exterior: trabajo, relaciones, actividades que realizamos, situación socioeconómica… Este trabajo suele producir una retroalimentación y cuando mejoramos nuestro yo interior, se optimiza nuestro yo exterior. De esta forma muchos maestros espirituales recomiendan una doble labor, dedicar tiempo al silencio del yo interior y a la atención plena en las actividades diarias.

Uno de los principales problemas que encontramos a la hora de meditar es la falta de tiempo, el ritmo de vida actual no facilita las prácticas contemplativas, sin embargo debemos saber que los momentos empleados en la quietud interior no son tiempo perdido.  Estos instantes son una inversión en calidad de vida e incremento de la consciencia y de la armonía interior. Las sesiones de meditación dependen del entrenamiento que hayamos realizado, siendo principiantes alargarlas más allá de 15-20 minutos puede resultar contraproducente y una vez que se ha cogido el hábito, podemos extenderlas de 40 a 60 minutos en función de nuestras preferencias y necesidades. Los mejores momentos para meditar son la mañana justo después de levantarnos y antes de mirar el móvil; y por la tarde-noche antes de la cena. Es recomendable realizar las meditaciones con el estomago vacio, ya que durante la digestión resulta más difícil concentrarse.

Otro elemento que genera muchas dudas es la postura que hemos de tomar durante la práctica. Igual en el caso anterior esto depende de nuestra capacidad para meditar, como hemos mencionado arriba se trata de alcanzar un estado permanente, por lo que no puede exigir una determinada posición para realizarse. Para el que se inicia, la mejor posición es sentado sobre un cojín duro con las piernas cruzadas y la espalda recta sin que haya rigidez. Se trata de buscar la comodidad para favorecer la concentración, sin caer dormido, por lo que se debería descartar el estar tumbado. En cuanto los ojos, algunas tradiciones exhortan tenerlos entreabiertos mirando a un punto fijo, mientras que otras invitan a cerrarlos.

Es importante mantener un ritual que nos enfoque rápidamente en la meditación. Como en todos los hábitos queremos adquirir es muy recomendable generar y mantener rutinas que propicien la repetición como buscar un lugar donde realizar siempre la meditación y hacerlo siempre a las mismas horas o empezar y acabar de la misma forma. También se puede encender una vela o incienso, poner música, o repetir un mantra, oración o gestos determinados. Hay una imagen que ilustra muy bien la importancia de los rituales: el dedo y la luna. El dedo que señala a la luna no es la luna, pero sin él nos costaría saber hacía donde mirar para contemplarla.

La meditación está presente en el módulo La Elocuencia Del Silencio de nuestro Máster en Desarrollo Personal y Liderazgo que este año ha sido impartido por Esteve Humet, un ejemplo de sabiduría y vitalidad desde la quietud.

Por Jorge García

Fuentes:

  • Libro: Camino hacia el Silencio. Esteve Humet Ed. Herder 2017

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